"No hay nada más decente en mi
corazón" canta Fernando Cabrera en "Punto muerto".
Esa puede ser una buena imagen para representar mi vínculo con
Nacional, mi primer vínculo, aquel de mi infancia a comienzos de los
70. Así lo sentía, y seguramente así era.
Épocas en que los trofeos se ganaban
en la cancha y el amor por el club que defendías se demostraba con
respeto en el juego. A ningún futbolista se le ocurría besar un
escudo. Cuando lo que estaba en juego eran los puntos y a veces, un
poco el honor.
Años en los que el hincha era parte
integral del espectáculo, no un actor destacado, y el canto más
agresivo que podías escuchar era un fuerte “hijos nuestros”
repetido hasta vaciar el cemento.
Tiempos difíciles para acceder a una
camiseta oficial de tu club y en los que, aquellos que lograban
hacerse de una réplica que se acercaba a la que lucían los ídolos,
era improbable que la vistieran en la tribuna. La camiseta era para
el campito. Lo que no faltaba en ninguna casa, era un banderín.
Después algo pasó. No sé de dónde
ni cómo vino. Menos el por qué.
“Cagón”, “putos”, “pija”,
“concha” y “mierda” son los estandartes de una elegía
constante al rival favorito, que a veces se nos hace imprescindible
presencia.
El hincha se produce e hipoteca para
mostrarse con su vestimenta, la original. Los modelos cambian en cada
temporada y se hacen presentaciones de los nuevos kits. Todo esto
acompañado de debates intra-web en
el que cada quien defiende su marca de preferencia y los más
atrevidos llegan incluso a exponer sus propios diseños.
El
juego se extendió a todos los días de la semana y abarca la disputa
de la bandera más grande, la hinchada que más acompaña, la que
vende no solo más entradas sino más pasajes en las visitas al
exterior y en el menor tiempo, el club que se transforme en tendencia
y sea el primero en...lo que sea.
Se
defiende a morir al que se formó en casa, dice ser hincha o besa
incansablemente el escudo. Las moñas, los taquitos, las paredes y a
veces hasta los goles pasaron a ser patrimonio de los clubes mega
empresa, que reciben sin cuestionar futbolistas hinchas de clubes que
ni siquiera pueden pronunciar. El que entiende el juego mediático tiene más exposición
que el “10” y algunos pasan más tiempo en el vestuario que en la
cancha.
Los
trofeos pasaron a ser banderas rivales y, en su versión más
macabra, la muerte.
"No
hay nada más demente en mi corazón" canta Fernando Cabrera en
"Punto muerto". Nuevos tiempos. Por ahí viene la cosa
ahora.
Ernesto Flores
Foto: Juan Carlos Jaume

Muy bueno Ernesto.
ResponderEliminarSi, yo solo tengo 34 pero también me siento incómodo con los "nuevos tiempos". Yo crecí con la cultura de "El Aguante" de TyC Sports... los trapos, las barras, sacar el último tema de moda, los peludos de la Amsterdam... los inicios de todo esto.
ResponderEliminarPero aun así en esos tiempos aun lo mas importante seguía siendo lo que pasaba en la cancha, y de ultima, quie ncantaba mas en la tribuna (que admito, ya era una deformación).
Ahora es cualquiera, todos los dias se juegan clásicos por temas pedorros como que equipo tiene mas citados a una selección sub 17, que famoso extranjero que nunca vio un partido se sacó una foto con una camiseta, rankings de páginas webs desconocidas sobre los mejores vestuarios de campos de entrenamientos del mundo, etc.... Es insoportable.
Gracias por el comentario. Está en nosotros el devolvernos el fútbol.
EliminarLos tiempos en que las dos hinchadas iban a la Amsterdam y después te ibas tranquilo charlando con tu amigo hincha del cuadro rival, otros tiempos...
ResponderEliminarY seguirla al otro día, sin provocaciones, entendiendo el fútbol como lo que es. No es una guerra.
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