jueves, 31 de agosto de 2017

6:44

Eran las cinco en punto de la tarde. 

A lo lejos alguien dejaba entrever su simpatía por Lorca. Comunista” pensó. El hacha subía y bajaba incesantemente mientras las primeras gotas de sudor se sumaban a aquel barro invernal. Habían pasado más de treinta años desde que pusiera su pie por primera vez en aquella casa escapando de su esposa, pero más aún de sus hijos, de la hambruna, de la impotencia.

Al principio se pensó un cobarde. Luego, con el paso del tiempo se convenció de que había actuado con inteligencia. Hasta llegar al hoy, en que se auto concebía casi como un héroe, un redentor de su propia vida. Bah, una auténtico imbécil como le gustaba nombrarse en su soledad.

Treinta años cambian a un hombre” pensaba con frecuencia. Lo van moldeando. Pueden enaltecerlo ante sus ojos y los de los demás o sumirlo en el olvido. Treinta años. Una vida.

Recordaba los primeros enfrentamientos con su patrón. Lo que le había costado lograr que esa gente venciera su temor al todopoderoso del “amito” como gustaban llamarlo sus compañeros de tareas. “Cagones” masculló. Luego, de a poco, se fueron agrupando, soportando represiones en algunos casos brutales, inhumanas. Pero él siempre estuvo ahí. Dispuesto a levantarles el ánimo, a entusiasmarlos, a seguir, a protegerlos. Él, que había huido de su familia por temor a pelear, ahora se estaba jugando por unos perfectos desconocidos. Y casi lo consiguió. Pero “treinta años cambian a un hombre, lo van moldeando”. Miró su reloj. Eran las cinco en punto de la tarde, recordó a Lorca, “comunista” pensó, y siguió su trabajo.
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