Eran las
cinco en punto de la tarde.
A lo lejos alguien dejaba entrever su
simpatía por Lorca. “Comunista”
pensó. El hacha subía y bajaba incesantemente mientras las primeras
gotas de sudor se sumaban a aquel barro invernal. Habían pasado más
de treinta años desde que pusiera su pie por primera vez en aquella
casa escapando de su esposa, pero más aún de sus hijos, de la
hambruna, de la impotencia.
Al
principio se pensó un cobarde. Luego, con el paso del tiempo se
convenció de que había actuado con inteligencia. Hasta llegar al
hoy, en que se auto concebía casi como un héroe, un redentor de su
propia vida. Bah, una auténtico imbécil como le gustaba nombrarse
en su soledad.
“Treinta
años cambian a un hombre” pensaba con frecuencia. Lo van
moldeando. Pueden enaltecerlo ante sus ojos y los de los demás o
sumirlo en el olvido. Treinta años. Una vida.
Recordaba
los primeros enfrentamientos con su patrón. Lo que le había costado
lograr que esa gente venciera su temor al todopoderoso del “amito”
como gustaban llamarlo sus compañeros de tareas. “Cagones”
masculló. Luego, de a poco, se fueron agrupando, soportando
represiones en algunos casos brutales, inhumanas. Pero él siempre
estuvo ahí. Dispuesto a levantarles el ánimo, a entusiasmarlos, a
seguir, a protegerlos. Él, que había huido de su familia por temor
a pelear, ahora se estaba jugando por unos perfectos desconocidos. Y
casi lo consiguió. Pero “treinta años cambian a un hombre, lo van
moldeando”. Miró su reloj. Eran las cinco en punto de la tarde,
recordó a Lorca, “comunista” pensó, y siguió su trabajo.

0 comentarios:
Publicar un comentario